lunes, 17 de noviembre de 2014

ENTRESEMANA ¿Quién defiende al Presidente? Moisés Sánchez Limón

Esta es una pregunta que se hizo, por citar una referencia de praxis sexenal, en los días aciagos de 1985 cuando, pillado su gobierno con ausencia de mecanismos para enfrentar la crisis provocada por los sismos de septiembre de ese año, al presidente Miguel de la Madrid Hurtado la crítica social lo hizo trizas.
Los analistas políticos, incluso aquellos que religiosamente cobraban sus cuotas en Los Pinos y algunas dependencias públicas, descalificaron al Presidente. De inepto no lo bajaron. El entonces jefe del Departamento del Distrito Federal, Ramón Aguirre Velázquez, corrió por los mismos linderos del descrédito.
A la demanda de la población capitalina de castigo a los culpables de autorizar y construir edificios con materiales de pésima calidad, que se desplomaron esa mañana del 19 de septiembre de 1985 y cobraron miles de vidas humanas, se sumó la exigencia nacional e internacional.
El arquitecto Guillermo Carrillo Arena, entonces secretario de Desarrollo Urbano y Ecología (Sedue), después de aquella tragedia sobrevivió cinco meses en el cargo, fue destituido el 17 de febrero de 1986. No fue a prisión, aunque hubo suficientes elementos para considerar su responsabilidad en la autorización de los proyectos de construcción del Hospital Juárez y el Centro Médico, que se derrumbaron a consecuencia del sismo de 1985.
En su destitución pesó la movilización de las entonces nacientes organizaciones de damnificados que luego servirían como base para la creación de la Asamblea de Barrios y otras creaturas usadas por el relevo de Carrillo Arena, Manuel Camacho Solís en su sueño presidencial.
El caso es que la inmensa mayoría de los miembros del gabinete de Miguel de la Madrid Hurtado escurrió el bulto y evitó hacer declaraciones que no fueran las elementales del acto de contrición mas no en defensa del Presidente, de la figura presidencial siquiera, que era asediada y responsabilizada de haber actuado tarde en las tareas de rescate de sobrevivientes de los sismos y la atención a las familias damnificadas.
De ahí en adelante fue perseguido y cada acto suyo era contrastado con la situación que enfrentaban miles de capitalinos que se habían quedado en el desamparo, con el patrimonio perdido. Paulatinamente amainaron las críticas y descalificaciones, en la medida en que se anunciaron los programas de ayuda a damnificados. Pero, el daño estaba hecho.
Así ocurre con Enrique Peña Nieto. ¿Quién lo defiende frente a la riada de descalificaciones y acusaciones muy personales que han tomado como base de hostilidades al infortunado caso de los normalistas desaparecidos? La conseja popular advierte que el que calla, otorga. Fórmula simplista pero de un alto contenido aleccionador y dañino. Palo dado ni Dios lo quita.
Por ello, no hay que perder de vista dos escenarios. Uno es el de la demanda de justicia; otro, es el de la demanda de apoyo a un movimiento tendente a desprestigiar al Presidente de la República y, de ahí, seguir la ruta de estos golpes de violencia que nada tienen de contenido ideológico anarquista ni de justicia a los padres de los normalistas.
Desgastar a Enrique Peña Nieto implica desacreditar a la investidura presidencial y concluir que carece de autoridad jurídica, legal, política y moral para seguir al frente de la Presidencia de la República. Aunque ésas no son causales de renuncia, salvo que en conjunto se consideren graves y de alto riesgo para la soberanía nacional.
Pero, por ejemplo, por más que sea una buena puntada, digna de diploma y medalla, la acción de una niña que se echó la tarea de recolectar firmas en demanda de que renuncie el Presidente de la República, es indudablemente eco de corrientes de la más ñoña concepción de las leyes y el perverso uso de menores de edad con fines políticos.
O el caso de la dizque protesta encabezada por Gerardo Fernández Noroña frente al consulado de México en Chicago, Illinois --reseñada por Rogelio Faz, analista de www.entresemana.mx que reside en aquella capital estadunidense—, que terminó con discrepancias entre el puñado de sedicentes demócratas que quizá desconocen el oportunismo saltimbanqui de Gerardo, quien terminó enfrentado con su tutor ideológico y material, Andrés Manuel López Obrador.
La sospecha teje versiones que van desde una crisis artificial, creada y prohijada en áreas del gobierno federal, mediante golpeadores y porros paramilitares infiltrados en las movilizaciones que han tomado a Ayotzinapa como pretexto y parapeto para generar ingobernabilidad, escenario ad hoc para la represión sin medias tintas, y hasta los tentáculos del crimen organizado que orquesta movilizaciones violentas e incendiarias, literalmente.
El gobierno, ya lo decía la semana pasada el coordinador de los diputados federales del PAN, José Isabel Trejo Reyes, pareciera instalado en el dejar hacer y dejar pasar, lo que genera la impresión de que se quiere dejar estirar la ligar hasta lo máximo, ésta liga que se llama tolerancia.
Y junto a esta postura que se reitera en líneas discursivas desde el pasado fin de semana, primero vía el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y luego en el mensaje del presidente Enrique Peña Nieto, a su retorno de la gira internacional por China y Australia, se sumó la de la advertencia elemental. A saber.
“(…) El gobierno, no dejará de agotar toda instancia de diálogo, acercamiento y apertura para evitar el uso de la fuerza para restablecer el orden. Es el último recurso, pero el Estado está legítimamente facultado para hacer uso del mismo cuando se ha agotado cualquier otro mecanismo para restablecer el orden”. ¿Desgastar o provocar al Presidente de la República, jefe del Estado Mexicano y Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas? ¿El Presidente se defiende solo? Digo.
LUNES. Por cierto. En las recientes semanas en que significativamente la figura presidencial ha caído sin que prácticamente ninguno de los miles de funcionarios públicos salgan en defensa del Jefe del Ejecutivo Federal, el jueves de la semana pasada, el subsecretario de Alimentación y Competitividad de la SAGARPA, Ricardo Aguilar Castillo, alzó la voz en su mensaje inaugural de una refinería de aceite de palma en Coatzacoalcos, Veracruz.
“Quiero decirles –acotó Aguilar Castillo-- que estoy muy orgulloso de pertenecer a un gobierno que no se detiene ante las adversidades, que no se achica, que no se paraliza ante los problemas, por muy graves que éstos sean. Por el contrario: es un gobierno que persevera, que tiene rumbo y que precisa una ruta con claridad para reactivar la economía del país. Por eso, hoy el Presidente Peña Nieto está cumpliendo con una visita de estado a China y, al mismo tiempo, está atento y presente dando seguimiento a las decisiones de su Gobierno en todo el país”. Conste.

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